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AMLO, MORENA Y LOS PARTIDOS TRADICIONALES por Felipe Guerrero.

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Con todo el rigor de la evidencia, se puede afirmar que MORENA en Sinaloa carece de una estructura partidaria y que incluso ni se conoce siquiera, públicamente, quien o quienes son sus dirigentes. Pero a pesar de ello, el partido del Presidente López Obrador, a la hora de consultar a los ciudadanos, sigue punteando en las encuestas preelectorales. Es decir, es la organización partidaria más desarticulada pero, al mismo tiempo, por su imagen y nombre, la que hasta ahora conserva las simpatías de la mayor parte de los encuestados.

Ya también lo anotábamos, MORENA no es precisamente una estructura partidaria en la mente de la gente; MORENA son los programas sociales de López Obrador y sus altibajos mediáticos en la clase media, cuyas preferencias hasta ahora se encuentran divididas o dispersos entre los diferentes partidos, aunque la mayoría por el momento se encuentra en modo indeciso. En las clases bajas, sin embargo, AMLO tiene aún una gran aceptación porque ahí justamente llegan directamente los apoyos del gobierno federal y porque, además, en este nivel, en la gente ni influyen y ni le interesan las críticas que, con razón o no, recibe el Presidente de algunos medios nacionales, principalmente.

La llegada de AMLO y de MORENA al poder, si bien es cierto que no alteró el modelo económico, si cambió las reglas en relación a los grandes grupos de poder económico, privilegiados por lo que los teóricos definen como Estado-Mercado, modelo impuesto durante treinta años por la llamada tecnocracia política conformada centralmente por el PRI y el PAN. No son en realidad diferencias de fondo, sino de formas en el modo de distribuir el presupuesto y reducir los privilegios de los que más tienen.

Por supuesto, el país ha dejado de ser elma mismo desde que llegó AMLO al poder; para los que mantenían privilegios esto es un desastre; para los que no conocían un apoyo permanente del gobierno esto marcha bien.

Tampoco la figura presidencial es la misma. El cuidadoso discurso de Estado, rígido y sacrosanto, dejó de ser la representación más elevada de la gracia divina y el poder, para situarse en el ámbito terrenal donde habita la masa, traducido en un lenguaje que, para los persignados adversarios del régimen, suena a blasfemia y a incriminación. Cierto, nadie los había desafiado ni señalado tan crudamente desde el púlpito de los desarrapados llamado “mañaneras”. Un espacio donde un día sí y otro también el llamado “mesías” abre fuego contra sus opositores, algunos medios, analistas y columnistas que en el pasado se distinguieron por no tocar al Presidente en turno ni con el pétalo de una coma. El tema es porqué antes no y ahora sí. Ellos se defienden con el argumento de que se sienten atacados y desde presidencia señalan que esos periodistas atacan ferozmente porque ya no les dan el dinero al que los tenían acostumbrados.

Aquí el punto es si la forma de gobernar, de decir las cosas y de fustigar de AMLO realmente representa el fondo de la Cuarta Transformación, porque hay personajes en Morena, empezando por Porfirio Muñoz Ledo, que han manifestado su desacuerdo abierto en algunos temas con el Presidente.

Lo que nunca habían hecho, porque no tenían necesidad, personeros o representantes de la clase alta salen ahora a defender, con todo, su modelo económico, porque consideran que López Obrador lo quiere destruir y, por lo mismo, apelan al discurso del miedo propagando que este gobierno lleva al país a sistemas como el de Cuba o Venezuela. El mismo discurso de siempre, con el que han tratado de detener a AMLO y que hasta ahora ha fracasado. Las disminuidas protestas de la derecha lo dicen todo. Este sábado por cierto, en varias ciudades del país se observaron los mismos vehículos “fifís” tocando sus Bocinas por las calles en disminuidas caravanas.

Es cierto que estructuralmente, en el caso de Sinaloa, ante un MORENA desarticulado y fracturado como partido, el PRI, el PAN y el PAS principalmente, se ofrecen más organizados, al menos, con dirigentes visibles y con movilidad ante su militancia y los ciudadanos. Lo anterior se puede cuantificar como un avance, pero el tema central es si la gente ya los perdonó, sobre todo a los priístas y panistas, y si  les regresó la confianza.

Hasta hoy, igualmente, el discurso de los dirigentes opositores al régimen no ha cambiado y está construido sobre lo que hace o no López Obrador. Ya lo sabemos: Sigue marcando la agenda. En la oposición no hay propuestas, sino cuestionamientos y descalificaciones al régimen,  que es diferente. Por supuesto, no es malo hacerlas, lo que no es bueno es quedarse ahí pensando que eso es suficiente para arrebatarles el poder a los que ahora lo ostentan.

En el caso de Sinaloa, el mejor ejemplo de lo anterior, independientemente de la famosa BOA (Bloque Opositor Amplio), que próximamente analizaremos, es que todos ellos, los partidos opositores, han convocado a un Frente Amplio contra las altas tarifas eléctricas y eso tampoco no solo es malo sino necesario. Pero la pregunta es: ¿Hasta hoy el PAN y el PRI se dieron cuenta de que los sinaloenses padecemos de un problema de años? Cuando fueron justamente ellos los que aprobaron una reforma energética que no solo aumentó el precio del consumo, sino que concesionó a particulares modelos de producción de energía que no han permitido hasta hoy cambiar la clasificación de las tarifas, a pesar del extremo clima veraniego que padecemos en Sinaloa.

Lo anterior es solo un ejemplo para reflexionar si en verdad los dirigentes partidarios tienen voluntad para establecer cambios de fondo y convencer de ello a la sociedad, o bien simplemente pretenden regresar al pasado dando el mensaje de que “nosotros hicimos daño pero estos salieron peor”. Todo indica que esto último es lo que prevalece y que, en todo caso, fueron los ciudadanos los que se equivocaron al votar por AMLO porque con ellos, con el PRI, el PAN o el PRD, estuvieran mejor. En una palabra, de acuerdo a esta conducta de los líderes opositores, la mayoría de los ciudadanos votaron por MORENA y López Obrador no porque estuvieran hartos de ellos, sino porque “el mesías” los enredó con promesas incumplidas, lo que en otras palabras significaque los votantes no tuvieron la capacidad y conciencia para tomar su decisión  y que, ante esta rotunda equivocación, en la elección del 2021 deben rectificar y sufragar por ellos. Desafortunadamente ese es el pensamiento que aún prevalece en los partidos tradicionales. Lo del 2018 significó una rotunda equivocación de los ciudadanos, no una rotunda derrota de ellos. Preocupa, y bastante, que los partidos tradicionales sigan aferrados a la idea de que ellos no son los que tienen que cambiar, sino la mayoría de los mexicanos, por tontos. Preocupa, y mucho, que ante la voluntad constitucional de los mexicanos y ante probables derrotas electorales próximas, le apuesten al rompimiento del pacto federal para descarrilar a sus adversarios en el gobierno. La oportunidad para ellos no está en las urnas, sino en decisiones de facto,  apelando como siempre al sobado argumento de que es por México. El mismo con que históricamente han impuesto decisiones ajenas al interés del pueblo.

Aunque el problema aún más real es que los partidos de oposición al Presidente, en muchos de los casos, podrían tener razón,el asunto quizá es que ellos podrían ser los menos indicados para cuestionar porque fueron desautorizados política y electoralmente.Aquí el reto central es que, teniendo razón en sus demandas, tengan la autoridad y la capacidad para que el pueblo les haga caso, sobre todo si a la gente ya se le olvidó que ellos justamente, teniendo oportunidad de corregirlos, cuando en su momento fueron gobierno, no lo hicieron.

Claro que lo anterior no lo entienden, porqueen su lógica siguen considerandoque gobernaron con un modelo económico y social para beneficio de las mayorías, sin privilegios para nadie y hasta incluso con la “normalidad” de la corrupción. Y tan no lo entienden que en su relato siguen considerando al ciudadano como un instrumento de voto, como menor de edad, subyugado ante las patrañas del enemigo. No asimilan que la gente los haya derrotado, no lo aceptan, se esconden en el “tsunami” del 2018 y en el “fenómeno” de AMLO que, de acuerdo a sus estimaciones, “está muy desgastado”. Esa es la apuesta y, por lo tanto, no hay nada que corregir, se aferran a lo mismo. Ahí están las encuestas que no mienten. De quince estados que en el 2021 van a elecciones totales, solo la gubernatura de Querétaro quedaría en manos del PAN, el resto las ganaría AMLO o MORENA.

Insisto, algunas de las decisiones políticas del Presidente pueden estar mal, pero la reacción de sus opositores ha caminado más en la idea de la descalificación que de la corrección. Aquí lo que importa es que al Presidente le vaya mal, aunque a la gente le vaya peor. Aquí lo que importa es el discurso golpista y el deseo apresurado de que AMLO se vaya lo más pronto posible. Ese es el problema: Mientras más le tiran golpes con la locura del deseo, más lo fortalecen y más polarizan a un país que les importa un comino. Mientras el PRI se mantiene pasmado y complaciente ante una derecha empresarial que lo cooptó, lo distorsionó y utilizó para implementar una política económica contraria al interés de las mayorías, el PAN es incapaz de deslindarse de elementos de la ultraderecha que tratan de influir en su militancia, con ideas totalmente ajenas al bien común.

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